24 de Marzo: “Que no sea bronce”

Transmitir lo ocurrido en la última Dictadura tiene su complejidad, especialmente para las generaciones que no la vivieron. En esta columna se reflexiona sobre el riesgo de la solemnidad para referirse a esa época.

Este 24 de marzo la marcha viene acompañada de un llamado de atención. Por un lado se constata la dificultad para avanzar en los juicios sobre la responsabilidad civil en la dictadura, y a la vez emerge la lógica intranquilidad sobre el rumbo que tome el próximo gobierno respecto de la política de DDHH y los juicios a represores de los 70. Hay ciertos consensos construidos, pero es lógico que se tomen precauciones contra el riesgo de retroceder en lo logrado durante estos años.

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Otro riesgo, menos dramático, asoma en el horizonte. Es el de la solemnidad. Quienes nos dedicamos a investigar períodos lejanos en el tiempo –en mi caso la primera mitad del siglo XIX– nos movemos con mucha libertad. Podemos generar debates y lo que hacemos nunca es inocuo, pero tiene un impacto significativamente menor a lo que se dice sobre historia “reciente”. Me ha tocado abordarla en tareas de divulgación y cuando se lo hace todo cambia.

La magnitud de la masacre, la cercanía en el tiempo y el hecho de que no sea una cuestión cerrada (por ejemplo, en la Justicia) obligan a ser extremadamente cuidadosos. Discusiones ante un escrito o un programa de televisión incluyen diálogos del estilo “¿podemos hablar de guerrilla o decimos organizaciones revolucionarias?”; “sacá la palabra Proceso, así se llamaban los propios militares”; “ojo, no es Dictadura militar, es cívico-militar”. No son datos menores, claro. Se quiere ser certero en la explicación y no ofender a nadie. El problema es que al moverse con tanta cautela todo puede volverse un poco tenso, duro, y eso no ayuda a la transmisión. Si bien han existido experimentos exitosos en divulgación, en materiales didácticos, en exhibiciones, es deseable que se siga de aquí en más reflexionando sobre el cómo y no dar como certeras las prácticas que pueden haberlo sido hasta ahora.

Es importante evitar que “Memoria, Verdad y Justicia” sea una consigna que puedan recitar sin reflexionar sobre ella, que vivan esta fecha sólo como un feriado, como otra directiva escolar.

¿Cómo narramos la Dictadura para quiénes no la vivieron? La experiencia ahí es clave. No es lo mismo para quienes la soportaron, para quienes éramos niños y la sufrimos de otra manera, o para las generaciones que nacieron después de ella.

¿El discurso debe ser el mismo para todos? Seguramente no, pero me preocupan en particular los más chicos, que no tienen necesariamente una conexión emocional con el tema. Es importante evitar que “Memoria, Verdad y Justicia” sea una consigna que puedan recitar sin reflexionar sobre ella, que vivan esta fecha sólo como un feriado, como otra directiva escolar.

La solemnidad con la que solemos tratar el período no colabora, creo, en esa dirección. ¿Cómo atenuarla teniendo en cuenta la gravedad de la temática? Tal vez se pueda reducir la adjetivación, la aparente necesidad de cargar de calificativos la época, para que eso no se vuelva cliché. El simple relato de los hechos de la Dictadura es feroz, no requiere que esa ferocidad se refuerce nombrándola.

El otro tema es la posibilidad de “desacralizar” que da el humor. Bombita Rodríguez en televisión o “El secuestro de Isabelita” en teatro lograron hacerlo con el complejo período pre-Dictadura. Más difícil es luego de 1976; lo consiguió con “incorrección” El Niño Rodríguez en historieta, pero no es habitual. Quienes integramos el equipo que creó “La asombrosa excursión de Zamba” en 2010 no tuvimos problemas en abordar el siglo XIX utilizando cierta dosis de humor para contribuir a que el dibujito fuese atractivo para los chicos, pero cuando nos tocó más tarde encarar el capítulo de la Dictadura fue más complicado. ¿Se puede usar el humor para hablar de esa época, y cómo? Todos hemos visto películas que apelan al tono de comedia como modo de aproximarse al nazismo. No parece tan sencillo para una etapa más cercana en lugar y tiempo pero puede servir para eludir las trampas de la solemnidad.

También contribuye lo que han delineado ya diversos autores: indagar en la complejidad del período. No parece lo mejor para un público infantil, ante el cual una condena a rajatabla de los que derribaron las instituciones e implementaron el terrorismo de Estado es necesaria (eso elegimos en su momento para Zamba). Pero desde la adolescencia en adelante, mostrar las internas y contradicciones del régimen militar, las trayectorias de las fuerzas que se le opusieron, y sobre todo, repolitizar a las víctimas de la Dictadura es importante. Porque ahora que ha comenzado a haber justicia, es posible debatir la actuación de la militancia previa y no buscar en ella héroes sino personas con contradicciones, lo cual no atenúa ni un poco la condena a lo que sufrieron. Lo han hecho libros y películas, consiguiendo una vía interesante para no inmovilizar el tema. Y la revisión, el debate, ayudan a que la fecha no se convierta a la larga en un ritual no sentido. Es importante que nunca sea bronce.

Por: Gabriel Di Meglio: historiador doctorado en la Universidad de Buenos Aires; es investigador del CONICET; y docente de Historia Argentina I en la carrera de Historia de la UBA.  


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