La pena de la edad

Tal vez como característica inherente al humano social, esté la de convertirnos en jueces, tribunales y –hasta en verdugos- de cualquier acción o pensamiento del otro. Por cuestiones culturales desarrollamos una mirada crítica sobre lo distinto y nos abocamos al señalamiento y a lo que impone la sociedad como deber cívico: emitir juicios, sentenciar y si es posible “eliminar”.

La seguridad es en uno de esos temas en los que más se resalta esta práctica; la misma parece ser un privilegio del que sólo deben gozar algunos sectores sociales, y la falta de ella es responsabilidad de otros. El precio a pagar para mantener la “tranquilidad” no importa, las condenas son indistintas si estas garantizan la armonia de la familia de clase media argentina.

Retorno de la dictadura, pena de muerte, baja en la edad de imputabilidad; no importa cómo, lo relevante es garantizar el supuesto “derecho humano” más importante: el derecho a “mi seguridad”.

Se sentencia que este país está azotado por una ola de inseguridad desde hace algún tiempo y que los responsables son niños o adolescentes que salieron del inframundo con la única intención de terminar con la paz de los habitantes de este suelo. A modo de identikit se estipularon rasgos que rotulan al “pibe chorro”: color de piel, barrio (algunos dirían villas), vestimenta, etc; estos seres un día despertaron asesinos o ladrones, por lo tanto si cometen un delito deben cumplir una condena en una cárcel o “reformatorio”. La intención es que esa otredad no interfiera con el armonioso transcurrir del ciudadano “decente”.

Merece un debate aparte comprender cuáles son las razones por las que algunos jóvenes se vuelcan a este tipo de prácticas, comprender la exclusión social de la que son un producto, la alienación a la que fueron condenados por generaciones, el problema grave de las adicciones a drogras pesadas, las privaciones padecidas por lo que otros le sacaron; resulta una tarea muy complicada para el que pide mano dura; observar a estos hechos delictivos como un grito social que intenta denunciar el lugar que ocupan los chicos de los estratos bajos a causa de la opresión de los de arriba, es casi imposible para el que concibe “el mundo” sólo en los metros que ocupa su propia casa.

Entender que existen contextos sociales diferentes a los nuestros es una forma de aceptar las diferencias. Que el entorno es un condicionante de las prácticas sociales diarias.

Una de los puntos que me llama la atención es la utilización del sustantivo “menor”, de pronto los jóvenes dejan de ser sujetos, se los exime de su subjetividad para reducirse a un término penal. Despojarlos de un nombre, de un contexto, de una historia, hace más fácil el trabajo de contabilizar, de ponerle un número a los crímenes que se comenten, y por lo tanto pensar una pena es más rápido. Escuchar argumentos del orden de la responsabilidad y del discernimiento entre el bien y mal, parece hasta gracioso; ¿cómo se puede pretender que un niño que fue condenado a una historia con un pasado pobre y un futuro incierto, comprenda que hay acciones buenas y malas? Si fueron ellos los primeros en ser sometidos a una “mala forma de vida”.

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Quienes reclaman la pena de muerte, colocan el valor de un bien por sobre el de la vida, parece ser que una moto vale más que una persona; que un celular cuesta más que un niño. Como si fuesen una plaga que debe ser erradicada, porque de lo contrario pudrirían a esta “inmaculada sociedad”.

Se torna una tarea hercúlea la construcción de una sociedad cuando las clases son tan marcadas, cuando entre las mismas existe, ya no una lucha, si no una guerra. Cuando se antepone el capital de algunos por sobre la vida de otros. Pareciera que cambiar el mundo sí es una locura o una utopía, el término justicia parece astronómicamente distante.

Algunas veces un enorme sentimiento de desesperanza se hace presente al ver cómo el individualismo prima como rasgo cultural, al percibir que empatía, solidaridad, lo colectivo, son términos desconocidos para la mayoría. Será cuestión de resignarse y aceptar que ya está todo arruinado, o en cambio tal vez algunos más puedan entender que cambiar el mundo es cuestión de justicia.

 


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